13 julio, 2006

LLULLAILLACO

LLULLAILLACO 6.739 m.

por Jaime Suárez

¡Objetivo ... Llullaillaco!

En la empresa que sin prisa y sin pausa estamos cumpliendo, que es la de lograr las 10 principales cumbres de más de 6.500 m de América, habíamos regresado del Pissis, con la gran satisfacción de no sólo haberlo escalado y haber colocado a la primer mujer en su cumbre, sino que también de haber concretado el bautismo de sus cinco principales cumbres, que se llamaron de Este a Oeste: Ejército Argentino, U.P.A.M., Cardenal Samoré, C.A.M. y Gendarmería Nacional.
Todavía estaba fresco en nuestras mentes, el fantástico paisaje del fin del Altiplano que desde su cumbre habíamos contemplado, también el agradable sabor que deja el haber cumplido este importante objetivo; pero casi sin querer, estabamos también barajando los nombres de la cumbre que sería el motivo de nuestra próxima expedición.
Había varias, entre ellas, las traídas por el catalán Joan y su esposa Tania, donde sobresalían Bonete, Llullaillaco, Nacimiento e Incahuasi. Pero todas ellas bullían en nuestra mente, aún castigada por la falta de oxígeno y el esfuerzo que habíamos realizado.
Pasaron luego unos meses, desde ésos movidos días de Noviembre de 1994, y estaba a punto de partir a Guatemala, cuando desde Barcelona recibo de Joan una fotocopia de carta topográfica, donde sutilmente leía al pié: “ Jaime, de paso te enviamos un plano del LLullaillaco...”
Ahí terminé de entender que ya estaba elegido el próximo objetivo para el año 1995.
Y como a buen entendedor pocas palabras, luego de que se realizara el 3° CONCRESO ECOLOGICO DE LA U.P.A.M. y durante el desarrollo de la ASAMBLEA, en el tratamiento de expediciones, lo presenté como objetivo oficial.

Inmediatamente fue aprobado por la Asamblea y al regreso a Argentina procedí a cursar las selectivas y limitadas invitaciones que caracterizan estas expediciones oficiales.


Muy pronto quedó armado un cerrado grupo, lamentando algunos ausencias justificadas, pero donde todos nos conocíamos, no tan sólo por situaciones normales, sino que por haber pasado momentos extremos y delicados que habían forjado aún más nuestro compañerismo.
Se imponía comenzar a estudiar la empresa y toda la información que sobre la misma reuniéramos sería importante. Muy pronto nos dimos cuenta de la poca que había, y que nuestra expedición debería tratar de dejar la mayor documentación escrita y fílmica que se pudiera, esto a los efectos de ayudar a los futuros andinistas que se quisieran adentrar en esas solitarias zonas de la Cordillera de los Andes.

El Llullaillaco con sus 6.739 m de altura, es la octava cumbre de Occidente, su pico límite entre Argentina y Chile, a los 68°33´ W y 24°43’S y separa las provincias de Salta y Atacama.
Se levanta como una solitaria mole, que florece en medio de centenares de kilómetros, semejando un majestuoso atalaya de la naturaleza que no renuncia en proyectarse al cielo.
Sabíamos que acceder a su cumbre no era tarea fácil, menos si considerábamos la tremenda puna que lo perfila dramáticamente, la deshidratación, y la falta de agua que en este momento especial caracteriza a nuestras montañas, amén que la posibilidad de glaciares para que pudiésemos derretir hielo, recién empezaría por arriba de los 5.000 metros de altura.
Pero todo este realismo, unido al misterio de noticias sobre construcciones inclusive cercanas a la cumbre, y a leyendas de que en el pasado los Incas habían adorado en él a la llama, representada por una de oro, la que se escondería en alguna de sus piedras y montículos, y otras más, producía en nosotros una especial sensación de aventura.

Pronto pasaron los días, y mientras llegaban los invitados y coordinábamos los detalles, llegó también la oficialización de la expedición por el Club Andinista Mendoza. Quedaba la Empresa constituida por U.P.A.M., EJERCITO ARGENTINO y el C.A.M.
Contactos hechos con el Club Janajman de Salta preermitieron que su presidente Alejandro Gimenez, se sumara a nuestro grupo y que lográramos mas precisión en las informaciones sobre la zona.
Estaba todo ya listo, incluido el equipo de alta montaña y la comida. Sólo restaba el pan y las frutas que las compraríamos en Salta, junto a cinco bidones plásticos de 30 litros cada uno que contendrían el agua necesaria para la aproximación y el Campamento Base.

Salida desde Mendoza.

Partimos de Mendoza, el día 3 al atardecer, en un cómodo micro de Andesmar y tras 19 horas de viaje arribamos a Salta, la linda, donde con alegría descubrimos a los amigos del Club Janajman esperándonos. También al Unimog que el 5° de Caballería ponía a disposición de la expedición. Cargamos en él nuestros equipos y equipajes y luego de instalarnos en el Casino de Oficiales, nos fuimos a cenar unas exquisitas empanadas, muy regadas con vino local, con nuestros amigos montañistas del norte.
Iva a ser una noche muy corta, ya que partiríamos desde Salta a las 5 de la mañana.

Salida desde Salta

Así lo hicimos, y a hora exacta, ya que para despertarnos teníamos todo un Regimiento, el que actuó como si ése día se debiera combatir. Poco a poco y con la tenue luz del amanecer fueron desfilando ante nuestros ojos los hermosos valles cercanos a Salta, cruzando y acompañando los rieles del tren de las nubes, que como un mudo controlador seguiría todo nuestro deambular.
Luego de transitar la policroma Quebrada del Toro y respetuosos caminos de cornisa, alcanzamos el Abra Blanca, con sus 4.080 metros de altura, ya tan sólo nos restaban 28 kilómetros para llegar a San Antonio de los Cobres.
Este pueblo, que se encuentra a los aproximados 3.700 m. fue antiguamente un pueblo indio, que servía para la ruta alternativa de las caravanas de mulas que en la época colonial pasaban la Puna de Atacama rumbo a Lima, luego fue utilizado durante el paso de ganado para alimentar los mineros de nitrato del desierto de Atacama, terminando en convertirse un pueblo minero por las posteriores explotaciones cercanas, que luego hubo.
Seguimos nuestro viaje, tomando mil posiciones diferentes dentro de la caja del Unimog, hasta que descubrimos la más práctica: ir parados al final, previo haber desplazado el techo de loneta un metro hacia adelante. Así podíamos ver perfectamente el paisaje , y aunque igual tragábamos un poco de polvo -a pesar de las mascarillas-, el olor a gas-oil no nos afectaba.
Atravesamos así, impensados valles de púrpuras y escarlatas tonalidades, y montículos rondeados con fuertes huellas de erosión que nos hacían suponer fondos secos de mares o inmensas lagunas.
Pasaban así las horas, mientras nosotros nos emborrachábamos con la variedad y fuerza de la geografía de la zona, hasta que el anochecer, y luego de 16 horas de viaje, nos colocó en el solitario y semi-abandonado pueblo de Tolar Grande, a los 3.500 metros de altura sobre el nivel del mar, y a 400 kilómetros de distancia de Salta. Su nombre deriba de una planta otrora pobladora de la zona, y ahora diezmada que se llama Tola.

Noche en Tolar Grande.

La representante de su intendente nos ubico para pasar la noche, en un recinto abandonado, pero con luz y cocina, que nos permitió realmente poder descansar al poder tirar nuestros neoprenes y bolsas de dormir sobre un lugar nivelado y techado.
A la mañana siguiente, ya sin tanto apuro, debido a que llevábamos varios días viajando, partimos hacia nuestro destino. Previamente habíamos conseguido unos litros de aceite para nuestro vehículo, por las dudas; y habíamos reparado una vez mas las pérdidas de gas-oil de nuestro tanque, con bastante practicidad y gracias al consejo del bien recordado cura de la Iglesia de San Antonio de lo Cobres, que al ver como goteaba nos dijo: “ lo que mejor lo sella, son los caramelos de dulce de leche, luego de masticarlos se aplican sobre los agujeritos...”; -palabras santas-.

El Salar de Arizaro.

Muy pocos kilómetros después de Tolar Grande, no metimos en el Salar de Arizaro, atravesando uno de los salares mas grande del mundo, a través de un sendero abierto que se perdía en la inmensidad del horizonte, en perfecta línea recta. Cada tanto y como hitos, aparecían esqueletos de animales con cuero que en parte los ocultaba, y extrañas perforaciones a los costados, que en un primer momento pensamos que era para sacar sal o para estudiar la profundidad, pero posteriormente nos explicaron que era la única forma que tenían los arrieros que lo atravesaban, para poder sobrevivir al frío viento que cuando soplaba hacía morir helados a jinetes, cabalgaduras y ganado.
Por fin lo cruzamos, y a pesar que lo habíamos hecho por la parte mas estrecha tomó varias horas.

Estación Caipe.

Llegando luego en una ascendente cuesta a Caipe, importante estación ferroviaria, a 3.800 metros de altura, que en el pasado recibía el azufre que desde la mina La Casualidad distante a unos aproximados 80 kilómetros le surtían con fuerte tránsito que inclusive obligó a hacer un pavimento de una mano. En la actualidad pasan por ella trenes con mineral, que es destinado a Chile y desde allí, vaya a saber donde.
Seguíamos masticando caramelos para nuestro tanque, y como era pasado el mediodía y tan sólo habíamos avanzado 100 kilómetros más, decidimos almorzar en esta bella estación que parece haberse detenido con sus instrumentos e implementos en el tiempo, en un pasado no tan lejano, pero ya superado.

Mina La Casualidad.

Otra vez arriba de nuestro familiar Unimog, nos desviamos del camino a Socompa que apuntaba al Oeste y continuamos hacia el Sur, rumbo a la mina La Casualidad.
Llegamos a ella luego de un aún buen camino, donde ya el polvo no nos molestaba tanto.
Al contemplarla, nos sobrecogió la escena de abandono. Eran grandes instalaciones y casas totalmente vacías, y nos pareció imaginar espíritus que desde su cementerio iban y venían transitando sus callejas, como en el pasado. Todo era mortecino, salvo una manada de vicuñas que comenzó a escapar al vernos.
Pasamos directamente a su alrededor, encarando una fuerte subida que nos elevó rápidamente en altura, con gran sufrimiento del vehículo, y total silencio de nuestra parte, mientras mentalmente lo empujábamos, en una absurda ayuda que tal vez necesitaba.
Pronto empezamos a transitar sendas con alturas superiores a los 4.200 metros y ascendiendo de a poco. Sabíamos que aún nos restaban unos aproximados 70 kilómetros hasta nuestro destino

Descubrimos el Llullaillaco.

Pronto en nuestro desplazamiento a tales altura, apareció hacia el Noroeste la inconfundible silueta del Llullaillaco. Verlo desde lejos nos producía sobrecogimiento, pero a medida que nos acercábamos nuestra mente no dejaba de galopar regresando fantasiosamente quinientos años atrás, e imaginando las profundas huellas que en él y su entorno, dejarían los movimientos y la actividad imperial de los Incas.
Pronto apareció a nuestra vista, la Salina del Llullaillaco, no salar, por poseer agua, y también algunas colectividades de flamencos distribuidas en su extensión. Debimos bordearlo, notando con alegría, -por lo que pudiera pasar-, que esporádicamente y en algunos lugares , recibía pequeñas afluencias de agua que presumimos dulce por ser filtraciones que accedían a ella por desnivel, desde glaciares altos. Luego de un rato comenzamos un leve ascenso alrededor del cerro Rosado de 5.480 m, por su parte sur, y en dirección hacia el Oeste, en pos de la base del Llullaillaco.
Muy cerca de su faldeo sur, constituido por empinados acarreos, y a unos 15 kilómetros que aún nos restaban, ya que queríamos bordear un largo brazo que proyecta esta montaña hacia el oeste, con alturas que superan la cota de los 5.000 metros, y para poder así penetrar por un valle que acaricia su ladera noroeste, debimos armar, dado la hora de la tarde , nuestro campamento. Estábamos a 4.300 metros de altura, pero seguir podía significar perder el camino apenas nos cubriera la obscuridad, por lo que pernoctar aquí era lo mas prudente.
Lo hicimos dentro y alrededor de los despojos de un anterior campamento utilizado, (luego lo averiguamos), por un equipo fílmico que recorre la Argentina y pasó por allí, pero dejando elementos y materiales que constituyen una agresión visual para el medio.

Campamento Base.

El martes 7 de Noviembre partimos con el sol, hacia la prefijada base del Volcán y llegar nos tomó dos largas horas. Nuestro vehículo siguió ascendiendo por un valle que se abría sobre la parte norte del brazo este del Llullaillaco, hasta que alcanzamos la cota de los 4.600 metros sobre un fino acarreo levemente nivelado, y a partir del cual ya era imposible para el camión poder seguir ascendiendo por comenzar un borde con un ángulo mas pronunciado de pendiente.
Habíamos llegado a nuestro Campamento Base. Aquí quedaría nuestro automotor, al que se le sacaría el agua y el gas-oil para evitar congelamientos. De paso nuestro chofer, el Principal Corvera, aprovecharía para reparar el tanque de combustible.
Una inevitable vuelta a los alrededores nos permitió descubrir un importante pircado inca, y cerca de él, a unos 50 metros, el cementerio donde encontraron 16 esqueletos distribuidos en varias tumbas. Lamentablemente de alguna exhaustiva investigación o depredación, aún quedaban huesos esparcidos sobre la superficie de piedras. Era el primer cementerio en la falda de una muy alta montaña del que tomábamos noticia, lógicamente a excepción del que está en el Valle de las Cuevas, en Mendoza.
El lugar era el lógico. El que habían utilizado los indios para su asentamiento, protegido en sus costados y con una amplia vista hacia el Noreste. Este era el sitio.
Armamos nuestras carpas, y nerviosamente comenzamos a distribuir todo el equipo que utilizaríamos para la ascensión, también el que quedaría en el campamento base para nuestro regreso.
Se trazó la estrategia de ataque y se resolvió realizarlo en cotas diarias superiores a los 550 metros e inferiores a los 800, tratando de que así venciésemos la tremenda puna y garantizar para todos la llegada a la cumbre. Partiríamos con el sol del próximo día.

Hacia el Campamento I.

El Miércoles 8 de Noviembre a
bandonamos temprano nuestro Campamento Base, bañadas nuestras espaldas con un suave calor solar y en una fila semejante a laboriosas hormigas, comenzamos a ascender en medio de un maravilloso paisaje y de un enrarecido aire que no llenaba nuestros cansados pulmones. Cada paso era un pensamiento y cada uno marchaba ensimismado en ellos.
Entre los 5.100 y 5.150 metros encontramos un pequeño valle circular, preñado por un glaciar de penitentes, al pié del cual y ya en el fondo del lugar, se desparramaba una circular lagunita de deshielo.
Estábamos en condiciones de seguir más metros, pero el hecho de no tener que derretir hielo para el agua y de observar el resguardo que el lugar nos daba, nos decidió a armar el Campamento 1 en ése lugar.
Dedicamos la parte libre de la tarde que nos quedaba para hacer descansadoras relaciones sociales, armar con tranquilidad nuestras tiendas, tomar infusiones y mate y ponernos muy temprano a dormir, tratando de reponer y juntar fuerzas para las próximas jornadas. El viento arrulló suavemente nuestro sueño.
La mañana nos volvió a encontrar con la caricia del sol en las carpas, y con laguna helada en el momento de buscar agua, la que por suerte habíamos repuesto.

Pircas y hallazgos camino al Campamento II.

Proyectamos visualmente la ruta a seguir, y pronto comenzamos a atravesar glaciares y antiguos otrora cauces de ya inexistentes glaciares que esparcieron sus energías dejando sólo huellas de su lento acabar.
De pronto un fuerte grito nos sacó de nuestras meditaciones de marcha. Alejandro, el presidente del Club Janajman de Salta, había descubierto, con un envidiable ojo, una pirca mimetizada entre un montículo de roca, a unos 100 metros de distancia y casi paralela a nuestro camino. De inmediato nos dirigimos para allí.
No lo podíamos creer. Al dado de una gran roca una bellísima construcción pircada florecía en medio de la soledad. Comenzamos a los gritos a advertir a los compañeros que nos precedían. y Aprovechamos para levantar la vista y dar una mirada a todo el entorno. Estábamos a los 5.300 metros de altura.
La pirca tenía una fina entrada y paredes que superaban el metro y medio de altura, no había sido hollada y apreciamos que su techo se había derruido en su interior, tal vez por el paso del tiempo y el peso de la nieve.
Con sumo cuidado y reponiendo cada cosa en su lugar, investigamos superficialmente su piso interior. Aparecían todos de pasto y maderamen del techo, lo que demostraba que estas construcciones eran techadas, por lo tanto habitadas con cierta comodidad ya que su fina puerta permitía pasar perfilando el cuerpo y tal vez estuviese protegida por una tejida cortina que unido a su posición geográfica hacia el sur, evitaba la entrada el viento, a la vez en el interior, probablemente en el centro se hacía el fuego, según apreciamos por los restos carbonizados.
Como por arte de magia y mientras escarbaba superficialmente la esquina noreste, apareció en las manos de Juan una preciosa pala inca de madera, con restos de cuero en la parte anterior de su mango. No lo podíamos creer, teníamos en nuestras manos una herramienta para nieve inca, confeccionada vaya a saber en que parte del imperio, con una madera vaya a saber de que lugar y árbol obtenida, y con seguramente cerca de 500 años de antigüedad.
Nuestra expedición no podía dejarla ahí. Había huellas en otros lugares de vandalismo e investigación agresiva, además el acceso de expediciones particulares es incontrolable, ya que hasta las que provienen del vecino país a veces lo hacen por el nuestro, ya que Chile tiene minados por su ejército dos sectores, uno al sur y otro al norte, en zonas estratégicas que se suponen pasos accesibles de frontera de este Volcán, y sirva de paso como aviso y advertencia este importante párrafo para expediciones que desde nuestro país, por algún tipo de motivo o por parecerles mas fácil, decidan hacerlo por el otro lado de los límites. Por lo expuesto y por otras consideraciones, decidimos relevar fílmicamente lo actuado con la consigna y así se hizo, que ése material sería donado al Museo antropológico de Salta.
Con mucho cuidado volvimos a ubicar cada cosa en su lugar y situación original.
Miradas a nuestro entorno nos hicieron descubrir otra pirca, derruida. Un sector cercano con restos carbonosos que nos indicaron que era el lugar en que se encendía un fuego de mayor tamaño, y por la protección pircada del sector de viento que tenía nos indicaba que era para señales. Otra pirca cercana un poco mas arriba, también virgen, ya con maestría por nuestra parte en cuanto a la distribución de hábitos de vida en su interior, nos permitió obtener otra pala. Esta por acuerdo se decidió sería para el Museo del Aconcagua de Mendoza. Mientras todo esto sucedía, con nuestros ojos que parecían radares observando todo, pudimos ver, levantando la vista hacia el norte, al volcán Socompa, y bajándola, en estribaciones de tonalidad rojiza y a los lejos ladeando montañas, largos tramos del camino inca que discurre por nuestro país.
Pero debimos superar rápidamente toda esa borrachera de imágenes y emociones. Teníamos que continuar nuestra marcha hacia una cota cercana de ser posible a los 6.000 metros.

Campamento II.

Continuamos ascendiendo trabajosamente, ya que la pendiente aumentaba en cada paso. Al llegar a los 5.650 metros de altura, en el último glaciar visible, .y unos 100 metros arriba de otra pequeña laguna de agua de deshielo en la que no quisimos parar por no ser la altitud fijada para el día, armamos nuestro Campamento II.
Con mucho trabajo nivelamos lo mejor que pudimos el piso inclinado para acomodar nuestras carpas. La puna se hacía sentir en grado extremo. Apuramos el trabajo, ya que la idea era derretir hielo para tener abundante agua y lograr así una buena hidratación y reservas para el día siguiente, en el que tendríamos una larga jornada para cubrir los poco mas de 1.000 metros que nos separaban de la cumbre.
Observando hacia ella, ilusamente, y por el juego de las sombras, creemos ver una zigzageante línea gris que trepaba. No ocultamos la alegría con Alejandro, ¡habíamos encontrado el camino inca de ascenso! ¡Sería mucho mas fácil acceder a la cima!. Mañana lo seguiríamos.
Ese atardecer, desde el interior de la carpa, nos logramos comunicar con dos radioaficionados de Chile, precisamente por la repetidora de Chuquicamata. Por fin podrían saber algo de nosotros en la civilización. Les pedimos informaran a Mendoza donde estábamos y que al día siguiente encararíamos la última etapa de la expedición, con suerte, les llamarías desde la cumbre a eso de las 14 horas. Nos alegró poder reportarnos a alguien.
El objetivo de cumbre exigía que saliésemos a las 5 de la mañana. Todos tratamos de conciliar el sueño, el que se hace pesado y se interrumpe con tenues dolores de cabeza y miles de sueños imposibles de recordar. Teníamos muy poco oxígeno y el fuerte frío impedía abrir la carpa.

Hacia la Cumbre.

El Viernes 10, dejando un destellador en las carpas, que quedaron en el Campamento II y un poco pasadas las cinco comenzamos a ascender una abrupta pendiente de acarreo y sin que lamentablemente apareciera el camino que creímos ver el día anterior. Seguramente estaría, pero con las frontales sería imposible hallarlo.
Continuamos ya con luz y luego de ascender una pirámide de acarreo, una travesía hacia el sur, donde apareció un acarreo de piedra mayores, que en su parte final iba a morir en la parte sur del Llullaillaco, y en su parte ascendente se metía entre dos afilados morros verticales que alcanzaban los 6.4oo metros aproximadamente
Entre ellos nos fuimos metiendo, observando que a medida que ascendíamos aparecían leños. Leña de los incas, que las tormentas y el. viento había diseminado por la empinada subida. Ibamos bien, muy bien.

Leños incas durante el ascenso al Llullaillaco



Cercano a 6.300m de altura aparece contra el morro sur, casi en su fin y apoyada en el fin de la subida, una pirca derruida. Tal vez un observatorio, ya que desde ella se apreciaba el cerro Rosado y la salina del Llullaillaco, entre otras importantes vistas hacia el sureste. Un poco más y en el abra entre los dos morros, todo un complejo pircado que incluía un sector para la leña y desde donde se podía apreciar el sector noreste, y anteriormente observado camino inca. La construcción del pircado es inclusive con desnivel y sólidas paredes. La mano humana demostraba en ellas su paso. Han sido exhaustivamente revisadas. Lo confirmó luego un pico de acero, abandonado a un costado, casi nuevo en su aspecto, y perteneciente a alguna de las expediciones que nos precedieron, tal vez en la década del 50.
Un breve descanso y a continuar. La cima parece no existir. Otro acarreo ya mas fino, pero no menos pesado y ascendente. Lo superamos y llegamos al pié de un glaciar, ya en vías de achicamiento y que cae desde morros superiores, encaramos su borde derecho, el norte, y aparece visible aunque derruido, en un simétrico zig-zag, el camino inca a la cumbre. Inclusive sus bordes están con mojones de piedras indicando sus angulaciones. Se ve algo de calzada, pero en vías de destrucción; el implacable paso del tiempo y la falta de trabajo hará que desaparezca. Imaginamos que existió un tránsito que necesitó comodidad en ése sector. Continuamos el ascenso y por encima de los 6.600 aparece el gran espectáculo: un sistema de 2 pircas compartiendo un muro en común. Estabamos ante la construcción humana habitada mas alta del planeta. La hipnosis de cumbre nos cegaba, decidimos pasar de largo ante estas rudimentarias y prácticas bellezas arquitectónicas. A la vuelta las veríamos, nos preocupaba la cumbre que ya vislumbrábamos, pero se encontraba en una muy empinada pared de grandes piedras que como un coloso se erguía ante nosotros y las pircas.

La Cima.

Dejamos los bastones, dispuestos a asirnos piedra a piedra, y escalamos metro a metro. Pronto apareció la cima. Como inmensos adoquines que formaban una pequeña meseta de 2 metros y medio por casi 6, y en su frente una pequeña piedra rectangular parada. ¿Sería para ceremonias especiales? Pronto nos olvidamos de esto. Comenzaron a llegar nuestros compañeros y todos a abrazarnos alborozados. Alguna lágrima brilló en más de un rostro.
La ansiada meta había sido alcanzada. El Llullaillaco nos había abierto amigablemente su espíritu y nos había dejado vislumbrar impenetrables misterios que dejaban nuestra mente pensando.
Eran las 2 de la tarde. Se había cumplido incluso la premonición de la hora de llegada. Con la radio nos comunicamos con el radioaficionado Nelson de Chile, brindándole la primicia de nuestra llegada a la cumbre. Su felicitación nos hizo sentir nuevamente acompañados, en este lugar donde sólo había inmensidad de cielo y piedra, había silencio, a pesar de nuestra alegría y el ruido del viento. Silencio de espíritu. Silencio de Dios. Silencio que gritaba.
De una caja metálica sacamos el cuaderno de cumbre que procedimos a llenar con nuestros datos, también una curiosa bandera del ejército de Chile, revistas, caramelos, y varias pequeñas cosas que integrantes de otras expediciones depositaron en su interior. En el cuaderno leímos que otra expedición de Gendarmería y Ejército Argentino había subido también, todas ellas en la búsqueda de un andinista norteamericano que se daba por extraviado desde Marzo de este año, al no haber regresado de su ascenso en solitario, realizado por el lado chileno, a esta montaña.
Procedimos a filmar todos los detalles y a sacar las acostumbradas fotografías. Podíamos contemplar los Andes Chilenos, el Nevado Inca, al norte el familiar ya Volcan Socompa, y todo un entorno de volcanes cerrados, cuyas laderas se enterraban en los salares que bordean.
Estuvimos largo rato contemplando extasiados todo. Largo rato que no me atrevo a determinar, pero que nos parecieron sólo segundos a todos.

En las construcciones más altas del mundo:




LLULLAILLACO, las construcciones más altas del mundo, cercanas a la cumbre



Bajamos con cuidado hasta llegar al collado en que encontraban las últimas pircas, ahora sí dispuestos a contemplarlas. Tienen casi la altura de un hombre, y se apreciaban parte de finos pero resistentes troncos que sostenían en el pasado su techo, que también se había derrumbado en el interior de las mismas, también por la nieve, y el tiempo. Sus estrechas aberturas de puerta tenían todavía el dintel, en la forma de una piedra chata y larga. Con los troncos se mezclaban también largueros de cactus, prácticos por su estructura y resistencia, que también formaban parte del techado.
Unos metros alejados y siguiendo el crestado, un muro en forma de C dejando la abertura hacia el sur se erguía a mediana altura, seguro que sería para observadores que se protegían así del fuerte viento que proviene por lo general de los restantes puntos cardinales, especialmente del norte. Un poco mas adelante y siguiendo nuevamente la cresta que terminaba en un leve montículo un lugar con restos de carbono, seguramente para hacer señales u ofrendas.

Bajamos...

Con pena tuvimos que continuar bajando. Regresábamos paso a paso, reviviendo emoción a emoción, tanto en lo andinístico, como en apreciar el trabajo inca sobre esta montaña y sacando mil conjeturas.
Regresamos hasta el campamento II, y luego de un cambio de opiniones lo desarmamos, ya que algunos querían bajar y otros quedarse a recuperar fuerzas, pero considerando la altura en que nos encontrábamos y el deseo de comer caliente y descansar con más oxígeno, nos decidió a llegar como fuese al campamento base.
Así lo hicimos luego de una larga y agotadora marcha, pero con la satisfacción al llegar de que éramos invitados a un guiso preparado por el principal Corvera, quién nos esperaba.
Luego de la cena, un descontrolado sueño.
La mañana siguiente fue en preparativos para partir de regreso a Salta. Sabiendo que nos esperaban dos días de larga marcha en el Unimog, el que hasta último momento se resistió a arrancar. Pero no podía fallar. Al fin, ante la alegría de todos, y luego de un empuje cuesta abajo, ronroneó alegremente.
Comenzaba otra aventura. Dios dirá.